El juego tiene valor por sí mismo y se dirige a la totalidad de la persona implicando lo corporal, lo emocional y lo racional; la adaptación social, la liberación personal y la conservación de la propia cultura; de este modo, los juegos proporcionan los medios ideales para desarrollar capacidades intelectuales, motrices, de equilibrio personal y de relación e inserción social.
Para Piaget en
el juego existe un proceso importante en el desarrollo de la humanidad que se
basa en la diferenciación entre la conciencia de la norma y su práctica:
0-2 años:
proceso de concienciación el individuo evoluciona de una concepción puramente
motriz.
2-5 años: una
práctica de regla totalmente individualistas imposibilidad de tomar diferentes
puntos de vista.
7-9 años: para
luego asumir el concepto de la regla como algo inmodificable, determinado por
su atención al adulto.
A partir de los
11 años: finalmente asumir las normas como sistemas de códigos muy elaborados
como un elemento que regula la vida en el cual el individuo pasa de la
heteronomía a la autonomía.
El juego puede constituir un medio de incalculable valor para la adquisición de la solidaridad, equidad con la ética como la autonomía y la comunicación y se expresa a través de la manifestación de los juegos colectivos.

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