lunes, 26 de julio de 2021

El juego favorece el desarrollo de hábitos sociales.

El juego tiene valor por sí mismo y se dirige a la totalidad de la persona implicando lo corporal, lo emocional y lo racional; la adaptación social, la liberación personal y la conservación de la propia  cultura; de este modo, los juegos proporcionan los medios ideales para desarrollar capacidades intelectuales, motrices, de equilibrio personal y de relación e inserción social.

Para Piaget en el juego existe un proceso importante en el desarrollo de la humanidad que se basa en la diferenciación entre la conciencia de la norma y su práctica:

0-2 años: proceso de concienciación el individuo evoluciona de una concepción puramente motriz.

2-5 años: una práctica de regla totalmente individualistas imposibilidad de tomar diferentes puntos de vista.

7-9 años: para luego asumir el concepto de la regla como algo inmodificable, determinado por su atención al adulto.

A partir de los 11 años: finalmente asumir las normas como sistemas de códigos muy elaborados como un elemento que regula la vida en el cual el individuo pasa de la heteronomía a la autonomía.

El juego puede constituir un medio de incalculable valor para la adquisición de la solidaridad, equidad con la ética como la autonomía y la comunicación y se expresa a través de la manifestación de los juegos colectivos.





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